He de confesarte, amada mía, que algo de perversidad ha de quedar en mí, algo de homo ludens inconfeso aún ronda cerca, porque mientras veo reaparecer tu delgadísima silueta en la noche, no puedo evitar cierta sonrisa pícara ante la infinidad de juegos que podemos jugar esta noche.
Dioses, las paredes de este monasterio son sordas, ciegas y Mudas. ¡Gracias a Marduk que lo son!
Gracias a ti por crear a Marduk, las paredes, el monasterio, los juegos y esa sonrisa pícara con que puedes mirar.
ResponderEliminarSi no, dios no tendría razón de ser.