Y en un crisol de oro fundido, de cobre y oro fundido, el tiempo pareció detenerse n segundo. Mientras mil gorriones volaban inquietos por la jaula de mi pecho. Tan hermoso, y tan errado a la vez, amor. amor, amor, amor. Cuán dificil, cuán aspera se tiende a volver esa palabra, cuán temerosa volvió a ser mi boca despues de este remezón permanente, cuán necesitada de piel me volví después de tí, cuánto extraño tus abrazos de miel y leche condensada después de nuestras maratónicas salidas de contexto; y al mismo tiempo cuánto me fundí en ese crisol pseudo humanista que odias profundamente. Cuánto probé y amé el viento rozar mis nuevas alas, brazos purpureos probando un vuelo simple, sencillo, e incierto. Sentir el rozar de las espinas de viento en el aire, saber que siempre podría volver a nuestro rincón, a nuestro pequeño burdel de Valpo, a refugiarme en tus brazos álbos, niveos, puros. Sin pensar en el amargo reproche, claro, egoista yo, que tendí a pensar sólo en mí
Y esa canción de Silvio que un mes me hizo llorar, esa que habla de un borde el mar, esa espectante invitación a un camino juntos, y no puedo evitar volver a la tarde, a esta nueva herida, a este tropezón incierto, a este nuevo amanecer.
Te mentiría si te dijera que no te amo, porque te adoro profundamente, pero a veces esta libertad me atosiga, me ahoga y no sé como diablos transmitirtela.
Darse cuenta de cómo atosiga la libertad es la declaración más elemental de alguien, pero por una extraña razón su constatación resulta un acto de gran fineza...
ResponderEliminarNo insultas al parafrasear, al contrario. Gracias por pasar.