De la línea que nunca cruzamos.

Hoy juré olvidarte. Sacarte de mi cabeza sin vuelta atrás, no pensar más en ti. Dejar de buscarte de una manera casi compulsiva por toda la facultad, mientras mil gorriones perdidos se meten en la jaula, sin desear ser libres. Buscarte y que el tiempo se detenga, contener el aliento cada vez que creí ver ese rizo que se formaba detrás de tu oreja.
Dejar de soñarte, como anoche. Dejar de querer que el tiempo vuele, mirar las esquinas, las manos moverse. Vagar por Santiago en plena noche, mirando las estrellas (aún en mi mente, esas estrellas). Dejar los suspiros estúpidos. los comentarios fuera de contexto. Correr, correr por Lothoriën lo más lejos de ti que pueda. Dejar de pensar en Calenda Maia y en tu figura tan cerca de un ombú. Arrancarte como a un ombú, como alguna vez Antoine quiso limpiar su pequeño planeta. Exiliarte, lejos, con una música tenue de fondo, quizás la partida de Víctor una vez más te lleve lejos. Lejos, sí claro, mi mente me fuerza. Razones de fuerza mayor, lo llaman...
Al decidir esto, al formar estas pequeñas líneas (¡Oh, Marduk!) volviste, etéreo y perfecto. Una ensoñación divina. Con tu rizo y tu piano, una vez más en mi mente. Como ahora. Como ahora, mientras me pierdo, hundida una vez más en este limbo, en esta incongruencia supina.

Crisol

Y en un crisol de oro fundido, de cobre y oro fundido, el tiempo pareció detenerse n segundo. Mientras mil gorriones volaban inquietos por la jaula de mi pecho. Tan hermoso, y tan errado a la vez, amor. amor, amor, amor. Cuán dificil, cuán aspera se tiende a volver esa palabra, cuán temerosa volvió a ser mi boca despues de este remezón permanente, cuán necesitada de piel me volví después de tí, cuánto extraño tus abrazos de miel y leche condensada después de nuestras maratónicas salidas de contexto; y al mismo tiempo cuánto me fundí en ese crisol pseudo humanista que odias profundamente. Cuánto probé y amé el viento rozar mis nuevas alas, brazos purpureos probando un vuelo simple, sencillo, e incierto. Sentir el rozar de las espinas de viento en el aire, saber que siempre podría volver a nuestro rincón, a nuestro pequeño burdel de Valpo, a refugiarme en tus brazos álbos, niveos, puros. Sin pensar en el amargo reproche, claro, egoista yo, que tendí a pensar sólo en mí
Y esa canción de Silvio que un mes me hizo llorar, esa que habla de un borde el mar, esa espectante invitación a un camino juntos, y no puedo evitar volver a la tarde, a esta nueva herida, a este tropezón incierto, a este nuevo amanecer.
Te mentiría si te dijera que no te amo, porque te adoro profundamente, pero a veces esta libertad me atosiga, me ahoga y no sé como diablos transmitirtela.