perdida

vuelvo a salir al frio nocturno, saliendo del teatro, en espera de quizás que, caminando lentamente por ese cerro empinado, viendo a lo lejos la luz de esa pequeña casa que ahora me acoge, con su arbolito un poco torcido, -quizás-. Abro la puerta, lentamente y lo primero que siento es ese olor a canela que encierra, y miro el espejo que me devuelve mi reflejo, deformado -malditas leyes fìsicas-, y me quedo atònida, pues lentamente alza la mano, tocando la mia, sin atravesar esa transparente muralla. Un grito descomunal brota de mi pecho, y siento que tiemblo ante algo que no puedo describir - puedo decirte que te odio- y busco amargura en alguna parte, algun rastrojo de ira contra tí, pero lo más que puedo encontrar es vacío, una sensación estúpida por lo demas, pues es solamente mi reflejo, y deseo que esos gritos cesen, y deseo no poder verte más... Siento tus pasos en la puerta, tan distintos a los que ahora intento ahuyentar, y siento como me estrechas contra tí, me siento perdida, pequeña (no con ese tono irónico con que lo gritas ahora, mientras cantas estúpidas canciones que no puedo recordar), deseandote más que a nada, deseando que me envuelvas con tu aroma a canela, deseando esconderme un segundo -un, deux, trois- y siento como cantas a lo lejos. DESEO QUE TE CALLES! grito a la nada, y vuelvo al olor a sal, al amarillo mismo, a tantas cosas que logré desterrar poco a poco. Y siento que te vas, amor, y no puedo hacer nada para detener esta delirante nevada nocturna, y los compases de Beethoven me atrapan, cuando vuelves a mi, con un bulto en las manos, deseo que sea pintura para poder botar esta rabia, deseo quebrarme de una vez por todas, y tus manos toman mis manos, suavemente, como sabes que me enredo en tu pelo desordenado, y tus pestañas rozan mi cuello, y siento tu pecho contra mi espalda, y unas cuerdas contra mis dedos, una melodía lenta las perturba, pero sin gritar me calmas, poco a poco, sabiendo sin saber qué virus tengo-olvido-, y una melodía celeste me hace sentir en casa, en nuestra casa, en nuestro pequeño lugar. Tomas la guitarra, y abrazándome me haces volver de mi lugar desolado bajo el arbol torcido, volviendo a la realidad lentamente, jadeando como si hubiese estado corriendo.
La canción se corta, pero no se porqué, me agrada. Tomas mi mano, con otro bulto -un martillo-, sonríes y quebramos el espejo, y qué importa si un poco de vidrio nos corta, desùés de todo eso era lo que buscábamos, no? me muestras un pincel y un poco de pintura,y esta vez soy yo quien comienza a enseñarte, y nuestras lágrimas corren juntas, entremedio del olor a canela, a Beethoven tocando "claro de Luna", a quizás cuantas cosas más y en el marco pintamos una puerta, que quizás conserva trozos de espejo -Importa?- y nos abrazamos riendo, cayendo al tiemposintiempo en que nos gusta soñar, pensando en nuestro lento camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario